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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Quietud


Bajando el ritmo pude comprender,
que no pertenecemos a las luces de una tormenta,
sino que formamos parte del resplandor
de la Aurora Boreal.

Cristina Romea

Blog registrado en Safe Creative.


martes, 29 de noviembre de 2016

Realidades, Obra teatral

El humor nunca viene mal.
Realidades es mi primera obra teatral. En ella describo la "realidad" de cada personaje; pacientes y doctores. Mientras unos se manifiestan siguiendo la doctrina de la codicia, otros, intentan sobrevivir dentro de un entorno en el que no son comprendidos. ¿Qué parte de todos los personajes es real y qué parte no?
Descúbrelo. Te sorprenderás, disfrutarás y reirás. Realidades es una obra que no te dejará indiferente.


Sinopsis:

En un hospital psiquiátrico, se trama un maquiavélico plan por parte del equipo de psiquiatría.
Encontrar la disfunción que impide que ciertos pacientes sean "normales".
Pero... ¿Quién es normal hoy en día?
Descubre desde el humor, la entrañable inocencia que cada personaje posee desde de su "Realidad".
La Realidad, al fin y al cabo, habita dentro de nosotros.








Si quieres adquirir un ejemplar para ebook, o ver una muestra de la historia, accede a los siguientes enlaces:

martes, 13 de septiembre de 2016

Caperucita amó al lobo


Érase una vez una mujer que siempre vestía con una capucha roja.
Cuando era pequeña, su madre le encomendó que fuese a visitar a su abuela que estaba enferma.
Le advirtió que no debía entretenerse por el camino y que si se topaba con el lobo, tuviera mucho cuidado.
Caperucita no obedeció. Siguiendo su ingenuidad, se topó con el lobo. Este, feroz y astuto, la engañó.
De ese encuentro, la niña se llevó un buen susto.
Los cazadores, la abuela y la madre, contribuyeron con sus consejos a que Caperucita se recuperara y aprendiera la lección.
"Nunca más me detendré a hablar con el lobo", repetía en su mente cada vez que atravesaba el bosque.
Pero a medida que fue creciendo, ese mensaje fue perdiendo fuerza y Caperucita comenzó a sentir añoranza. 
"¿Qué ocurriría si vuelvo al bosque en busca de su ferocidad?"
Sin pensarlo dos veces, se adentró sigilosa.
Sus largos y negros cabellos, se balanceaban al son del viento otoñal, tapando la visibilidad de sus castaños ojos.
En la parte más boscosa y sombría, Caperucita se detuvo. Su corazón palpitó y su cuerpo, comenzó a temblar al recordar el poder presencial del lobo.
Respiró profundamente, centrando su atención en los sonidos de la naturaleza. 
Frente a ella, inesperadamente, el lobo la observaba. Él levantó su hocico rastreador para olfatearla. 
_Tu piel, desprende el mismo aroma: fresco y apetecible_ comentó el lobo.
_Tu voz, sigue siendo igual de ronca_ comentó Caperucita mientras dio un paso hacia él.
_Voy a devorarte, ¿lo sabes? 
Caperucita asintió.
_¿Me recordabas?_ preguntó dejando caer su capucha al suelo.
El lobo dio un paso hacia ella. Ambos rostros se encontraban tan cerca que el peligro se veía inminente.
_Continúas igual de tierna. Tan inocente...  Todas las niñas a las que asusté, antes de encontrarme contigo, salían huyendo. En cambio tú te quedaste aquí, escuchando y confiando en mis engaños. 
_No confié en tus engaños. Confié en ti, sencillamente, porque te vi. Es cierto que me asustaron tus aullidos. Pero ahora comprendo que la naturaleza es tan caprichosa que incluso la ferocidad se manifiesta ocultando la verdad. Te vi a ti. Y gracias a aquel encuentro he podido llegar a ser quien soy.
_¿Me guardas rencor?_ preguntó el lobo.
_No. Simplemente, te amo.
En ese momento, el lobo se abalanzó hacia ella, devorándola por completo.

Cristina Romea Ramón.



miércoles, 17 de agosto de 2016

Julia

Julia
Inmóvil, frente al espejo, Julia sonreía.

El brillo de sus ojos destellaban, entre sus pupilas azules.
Con una sutileza exquisita, levantó su brazo derecho, acercando su delicada mano hacia su cabeza.
Despacio,  la deslizó por el cabello, deteniéndose a jugar con un tirabuzón.
Detuvo el gesto de inmediato cuando bajó su mirada hacia su pecho desnudo.
Abrió la boca a modo de asombro. ¡Cuánta belleza y juventud desprendía!
Despidiéndose de su cabello, rozó su ovalado rostro para pasar a detenerse en el hueco clavicular.
 Tecleando tímidos círculos  acarició su esternón, atreviéndose a posar la palma de la mano en el seno izquierdo. Un cosquilleo erizó la piel de todo su cuerpo.  
Mientras contenía la respiración, observando que no fuera observada, Julia se llevó la mano izquierda a su boca. Se acarició los labios;  ardientes, suaves y húmedos.
Abandonando el tacto de su pecho, presionó su vientre; plano, terso, vibrante…
_¿Madre?_ La llamó, dulcemente, su hija.
Julia giró lentamente la cabeza para mirarla.
_¡Madre, se va a enfriar!_ comentó mientras la tapaba con un albornoz.
Volvió a mirar al espejo. Elevando sus mejillas, alargó su brazo, torpemente,  para despedirse de aquella muchacha llena de sensualidad. Poderosa feminidad.

_Vamos madre. Tiene que soplar las velas. Hoy cumple ochenta y un años…

Cristina Romea Ramón

domingo, 14 de agosto de 2016

Una habitación luminosa.



Entre sábanas de algodón,
mi piel huele a lavanda.
Mi cabello húmedo roza la comisura de mis labios.
Un albornoz blanco cubre mi cuerpo desnudo.
Lectura poética en una habitación luminosa.
Alejada del pensamiento centro la atención en mi esternón.
Inspiro... Expiro...
Vuelvo a inspirar y suavemente comienzo su lectura.
Despacio, como en un susurro,
surge la música entre sus palabras.
Música que acaricia los sentidos,
eriza la piel,
alimenta el alma.
Palabras nacidas desde el amor,
notas creadas desde el dolor…
Un suspiro eleva mi pecho.
Mis manos desfallecen en el lecho,
y un leve temblor silencia mis labios.
Mi piel huele a lavanda.
Junto a mí, hay un hueco vacío
en una habitación luminosa.


Cristina Romea Ramón

jueves, 21 de julio de 2016

El poder de una mirada

Coge una décima de segundo. Paralízala en tu mente…
Ella se encontraba sentada en la sala de espera del aeropuerto, ojeando una revista de viajes, cuando, inesperadamente, él la interrumpió:
_Perdona, ¿puedes ayudarme?_ preguntó.
Él, se había situado frente a ella de cuclillas. 
Ella, levantó la cabeza topándose de lleno con su mirada.
En ese instante, su presencia penetró por sus pupilas, como un espectro volátil ansiando recorrer cada rincón de su interior.
Ella quiso articular palabra pero su boca no respondía.
Quiso alzar la mano para tocar su rostro pero sus dedos no se movían.
“No sé qué está ocurriendo aquí”, pensó lentamente.
Se sintió hipnotiza, hechizada. Perdió la noción del tiempo, del espacio, de todo cuanto le rodeaba, menos de él.
“No recuerdo cuando he llegado hasta aquí”, pensó él manteniendo su mirada a la de ella. Y, olvidando su motivo inicial, acercó su mano para unir suavemente sus dedos a los de ella.
Sus labios se encarnaron despertando el deseo de poseerla en ese mismo instante.
A la vez, sintió mucha paz. Una paz aterradora que le permitió retomar su movilidad rompiendo con el hechizo.
Retiró bruscamente el contacto con su mano. Y, con un fugaz movimiento, desapareció silenciosamente entre la multitud.
Sentada en aquel banco, con la mirada hacia el infinito, comenzó a sentir un intenso calor que partía de su vientre. Posó sus manos bajo su abdomen, sin obtener un resultado paliativo.
Sin oponerse, dejó que sucediera. El fuego la poseyó ocupando el trono del deseo carnal.    
La actividad en el aeropuerto, retomó su forma.
Sin atención, volvió a mirar su revista.
En su memoria, quedó grabada una nueva sensación, recogida en una décima de segundo.


Cristina Romea Ramón