Soltar Amarras


Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay 


 

Todo inicio tiene un final. Despedirnos con una sonrisa depende de nosotros.

La Isla

Barco lanzó sus amarras en su fina arena blanca. Fue entonces cuando, en aquella isla, comenzaron a crecer palmeras con ramas en forma de espiral que se alargaban hasta alcanzar el mar.

Junto a la orilla, surgió una diminuta roca esponjosa. Los animalillos del mar, jugaban encima de ella dando pequeños saltos. Con cada salto, surgía una carcajada y con cada carcajada, roca se hacía cada vez más grande. De esta manera, podía alcanzar las copas de las palmeras para que así, los animalillos, se deslizaran por las espirales hasta llegar de nuevo al mar.

En el cielo se divisaban luces mágicas que cambiaban según la intensidad de la risa y de los juegos que allí se creaban.

La Tormenta

Pasó el tiempo, y un día, una enorme tormenta comenzó a destrozar todo lo que había en la isla. El mar  inundó parte de ella llevándose a algún lugar del océano los juegos, las risas y con ellos, los colores mágicos del cielo.

Barco se quedó amarrado en un diminuto trozo de arena.  Deseaba zarpar, pero sus amarras tenían enormes nudos que estaban bien anclados a la isla. Si no zarpaba pronto, sería arrastrado por la marea a lugares donde no deseaba ir.

La única ayuda que podía tener era por parte de unos seres míticos con poderes destructivos, pero capaces de desatar esos nudos. Barco debía invocarlos, era la única esperanza que le quedaba para comenzar a navegar de nuevo.

Los Seres Míticos

El primero en aparecer fue No-No, un hombrecillo de cuerpo diminuto vestido con traje gris. Negaba rotundamente desatar ningún nudo.

Ambos comenzaron a enfrentarse. No-No apuntó con sus manos a barco provocando una fuerza huracanada que le hizo girar y girar sobre sí mismo. El cielo se volvió gris y una lluvia intensa lo empapó de popa a proa.

Poco a poco, como en una nana, barco volvió a tierra. De la arena surgió una gran llamarada que arrulló a No-No  alejándolo hacia el horizonte. Se había desatado un primer nudo y en el cielo apareció un único arco de color verde suave.

Una levísima brisa comenzó a soplar…

Barco intentó zarpar, pero todavía le quedaban pesados nudos por desatar. Entonces apareció Ira, una preciosa sirena de mirada penetrante que escondía una voz estridente y amarga. Con su canto, Ira consiguió romper el timón y llenar el cielo de nubes negras cuyos rayos y truenos iluminaban lo poco que quedaba en aquella isla. Poco a poco su voz fue disminuyendo en un susurro mientras otro nudo se desataba. Ira miró profundamente a barco y con una leve sonrisa desapareció zambulléndose en el mar. En el cielo, el suave color verde del arco se hizo un poco más intenso y la brisa comenzaba a hacerse notar.

Un timón roto, dos nudos desatados y sin poder zarpar… Rabia estaba allí. Un diminuto pulpo de cabeza cuadrada y ocho tentáculos muy curiosos. Dos tentáculos con zapatos de bailar claqué, otro con un bongo, otros dos libres para tocar el bongo, uno para sonarse la nariz y dos para taparse las orejas. Parecía una marioneta guiada por una mano invisible.

Comenzó un ritual de baile y sonido generando una vibración en el mar. De allí surgió un enorme tobogán negro con forma de remolino que engulló a barco deslizándole de punta a punta hasta lograr deshacer otro nudo y destrozar una vela.

Una nube blanca recogió a Rabia ascendiéndola hasta deslizarla sobre el arco verde, dando así más fuerza a su color.

Barco estaba destrozado. Todavía le quedaba un nudo por deshacer y además una de sus velas y su timón estaban rotos.

Fortaleza

Entonces la brisa se hizo más fuerte, tanto que las dos velas que le quedaban comenzaron a ondear. Del centro de la quilla brotó una pequeña luz que se fue extendiendo por cada rincón de barco… Alegría deshizo el último nudo. En el cielo el arco verde intenso se reflejaba en el mar formando un sendero por donde barco decidió navegar. Comenzó su camino despacio, pues todavía tenía alguna grieta, aunque su luz continuaba aumentando a medida que pasaban los días. Brillaba tanto que atrajo a otros veleros que le ayudaron a reparar el timón y la vela rota.

Pasó varios meses navegando mientras formaba una tripulación con todo lo que iba descubriendo… Risas llevaba el timón, Juegos las velas, Cosquillas se encargaba de los remos. No—No, Ira y Rabia también se unieron a la tripulación pero estaban bien escondidos en las bodegas. Había alguien muy especial que controlaba  sus movimientos: Fortaleza, una preciosa niña de vivos ojos y sonrisa perpetua, era el Capitán.

Barco recuerda el ayer en aquella  isla de arena blanca como el lugar donde se generaron sus sueños. Ahora navega con ellos descubriendo cada día algo nuevo para aprender. El mañana es hoy; una fábrica de sueños que no cesa, un mundo de imaginación que le permite navegar por los más inmensos océanos.

 

Sonreír, jugar, disfrutar… este es mi final.

¿Cuál es el tuyo?


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Carlos González, Jefe de cultura de Diario Noticias de Álava, me entrevistó y creó este interesante artículo sobre mi último trabajo reflexi...