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La Princesa y el Rey

Imagen de TweSwe en Pixabay 
En un lejano lugar, había un precioso castillo cuya torre, alta e imponente, se divisaba a distancia. Estaba construido al borde de un precipicio, sobre una roca saliente de una gran montaña. Desde sus almenas, se apreciaba la belleza de un paisaje donde el agua fluía por cada rincón; desde cascadas cayendo por altas cumbres, hasta ríos y riachuelos dando vida a un valle encantado que albergaba una aldea. Allí las personas convivían con distintas especies de animales: terrenales y mitológicos. Junto a un pequeño estanque, rodeado por florecillas violetas, una manada de unicornios pastaba, jugaban entre ellos y bebían agua.
El castillo estaba habitado por una triste princesa casada con un rey.
_ ¿Cómo puede existir en semejante paisaje la tristeza?_ os preguntaréis.
_ La tristeza no deja ver el paisaje_ os respondo.
_Entonces, el rey tendrá la culpa de que la princesa esté triste_argumentaréis.
_Dejadme continuar con el cuento y no culpabilicéis a nadie_ os respondo_silencio.
Como decía, el castillo estaba habitado por una triste princesa casada con un rey.
La princesa nació en un lugar llamado canal televisión princesas. Desde pequeña, le enseñaron que el mundo era muy pero que muy peligroso. Y que lo mejor que podía encontrar en su vida era un príncipe que le proporcionara la seguridad y felicidad que tanto anhelaba. Se paseó por los distintos canales de tv. princesas y comprobó que muchas de ellas encontraban a su príncipe. Así consiguió crear una ilusión: “yo también encontraré a mi príncipe”.
Mientras tanto, en un lugar llamado canal televisión príncipes, nació un príncipe. Desde muy pequeño, le enseñaron que debía crecer fuerte, esforzarse mucho para conseguir cosas y evitar mostrar sus emociones. Además, tenía la obligación de hacer feliz a una princesa. Debía desarrollar su intuición para saber lo que sentía, lo que pensaba e ingeniárselas para ser lo más romántico posible. El príncipe creció creyendo que esto era verdad. Hasta que decidió partir de su lugar de origen a buscar otros espacios más abiertos. 
Conforme se iba alejando, comenzó a cuestionarse si todo lo que le habían enseñado era real. Y un día, se dio cuenta de que todo lo aprendido no le servía para nada. Así que se deshizo de lo aprendido para ser el mismo. Entonces se convirtió en rey.
La princesa, por su parte, decidió emprender su viaje, buscando al príncipe que se había imaginado.
Un día, descansando en  la orilla de un pequeño lago de alta montaña, la princesa se percató de que una presencia le observaba desde la otra orilla. Nuestro rey, montaba un precioso caballo con alas, llamado Pegaso. Prendado de la gran belleza que transmitía la princesa, decidió acercarse a ella.
El amor surgió entre ellos desde el primer momento. La princesa lloró de felicidad efímera pues creyó que, por fin, había encontrado a su príncipe.
Ambos decidieron construir el castillo en lo alto de la roca. Tenían todo a su alcance para ser felices. Pero poco a poco, la princesa fue entrando en un estado de decepción y enfado constante.
_¿Dónde están las rosas blancas que se supone debe entregarme en señal de su amor? ¿Dónde está la cena romántica, los vestidos bonitos, el baile con orquesta o los viajes sorpresa? ¡Me ha mentido!_ pensó con rabia.
A partir de entonces, la princesa comenzó a desconfiar del rey. Y su tristeza cegó las maravillas que tenía alrededor y en ella misma.
Un día, el rey se fue a dar un paseo por la aldea en busca de una respuesta para ayudar a su mujer a salir del embrujo de la tristeza. Mientras tomaba un Txakolí, apoyado en la barra de una taberna, se le acercó un sabio anciano. Mirándole a los ojos le dijo:
_Recuerda tus enseñanzas primarias. Has atravesado los muros de una doctrina engañosa. Es tu turno enseñar a desaprender.
En ese mismo instante, el rey se acordó de su educación:
_Si me enseñaron que debía hacer feliz a una princesa. A la princesa le enseñaron que su naturaleza era ser desdichada, hasta que un príncipe la hiciera feliz. ¡Desconoce que puede ser feliz por ella misma!
El rey, entregó un saquete de oro al sabio en señal de agradecimiento. Sin perder el tiempo, silbó a su caballo Pegaso quien le llevó de regreso al castillo. Del jardín, cortó una rosa del rosal para llevársela a su amada. La princesa, estaba sentada en un banco de piedra, junto a la torre. Su mirada se mantenía perdida hacia el suelo. Las lágrimas le caían.
El rey se acercó sigilosamente. Se arrodilló ante ella y le ofreció la flor. La princesa la aceptó. Sonrió levemente y apartó la mirada. El rey le cogió la mano. Y con gran dulzura le susurró:
_Sé que no soy el príncipe que estás esperando. Mi amor hacia ti, supera las barreras impuestas por un prototipo inventado. También sé que no eres una princesa desdichada y necesitada. Jamás te he visto así. En el lago, me enamoré de la reina que eres: única e insustituible. Cuando dejes de sentirte princesa desdichada, podrás ver al rey que tienes delante de ti.

Las palabras del rey llegaron al corazón de la princesa. Sus lágrimas se secaron de inmediato y su rostro volvió a lucir. La princesa, convertida en reina en ese preciso instante, dio un grito de alegría. Caminó observando toda la belleza que le rodeaba. Se acercó a su rey para mirarle a los ojos. Cogiéndole las manos, le susurró:
_Te veo.
Se dieron un beso de amor profundo. Mientras tanto, no se sabe cómo, de algún lugar de entre las montañas, surgieron fuegos artificiales. Y desde la aldea; animales y personas se unieron en una gran fiesta.

Fin 

Poema: Aire que alimenta el aire