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La chica del trébol de cuatro hojas



La semana pasada, sin conocer el motivo, estaba enfadada. Muy enfadada conmigo misma y con la vida.
Cuando me ocurre esto, me lanzo a los brazos de la naturaleza pidiendo a gritos al silencio que entre a visitarme.
Ese día, acudí al bosque de Zabalgana. Comencé a pasear siguiendo la energía eufórica de mi cuerpo. “No pasees. Corre”, me decían mis pensamientos. 
Inconscientemente, tomé un camino “equivocado”.  Cuando llevaba cinco minutos caminando sin saber que caminaba, me encontré a una joven acercándose hacia mí en el sentido contrario a mi marcha. Hizo un gesto para que detuviera mis mis pasos. La chica era muy bonita. Tenía una larga melena de color castaño ladeada hacia un hombro. Sus ojos eran grises y su tez, lechosa.
Al principio creí que me iba a preguntar algo. Pero la muchacha no abrió la boca. Acercó su mano a mi brazo invitándome a extender mi mano. La situación me desconcertó por un instante hasta que, delicadamente, posó un trébol de cuatro hojas en mi palma.  Una emoción interna atrapó mi pecho. Nos miramos. Le di las gracias conteniendo mis ganas de llorar. Ella sonrió despidiéndose con una simple frase: “te traerá suerte”. Y se alejó.
Inicié de nuevo mi camino. Mis pensamientos se habían detenido. Entonces, caminando más despacio, mi mirada se posó en la naturaleza. Las flores ya habían despertado. 
Mi actitud inicialmente enfurecida, me mostraba un paisaje frío y desapacible, cuando en realidad estamos en primavera.
La naturaleza atendió mi petición. Aquella chica del trébol de cuatro hojas, apareció como un espíritu del bosque a recordarme que el silencio habita en mí.
Toda la belleza que nos rodea está a nuestro alcance en este preciso instante.

Cristina Romea